El Fantasma de Manhattan by Forsyth Frederick

El Fantasma de Manhattan by Forsyth Frederick

Author:Forsyth, Frederick [Frederick, Forsyth,]
Format: epub
Publisher: Unknown
Published: 2009-12-13T02:22:36+00:00


Azotea de la torre E.M., Park Row, Manhattan,

29 de noviembre de 1906

La he visto. Al cabo de tantos años he vuelto a verla, y mi corazón ha estado a punto de estallar. Me subí a lo alto del almacén, cerca del muelle, y la vi en el puerto. Hasta que percibí el destello de la luz sobre la lente de un telescopio y tuve que huir. Me mezclé entre la multitud que aguardaba y, por suerte, hacía tanto frío que nadie reparó en un hombre que llevaba la cara tapada con una bufanda de lana. Así logré acercarme a la berlina, ver su rostro adorado a escasos metros de distancia y deslizar mi vieja capa en las manos de un periodista imbécil que sólo pensaba en su entrevista. Estaba tan hermosa como siempre. La cintura de avispa, la cascada de pelo contenida bajo su gorro cosaco, el rostro y la sonrisa capaces de derretir un bloque de hielo. ¿Obré bien? ¿Obré bien al volver a abrir las viejas heridas, al obligarme a sangrar otra vez, como en aquel sótano, hace doce largos años? ¿He sido imprudente al traerla aquí, cuando estos últimos años casi habían curado el dolor? La amé entonces, en aquella espantosa época en París, más que a la vida misma. El primero, el último y el único amor que he conocido y conoceré jamás. Cuando ella me rechazó en aquel sótano por su joven vizconde, estuve a punto de matarlos a los dos. La rabia se apoderó de mí, aquella ira que siempre ha sido mi única compañía, el amigo verdadero que nunca me ha decepcionado, aquella furia contra Dios y todos los ángeles, por no haberme concedido un rostro humano como a los demás, como a Raoul de Chagny. Un rostro para sonreír y complacer. En cambio, me dio esta máscara horrorosa que me condena eternamente al aislamiento y el rechazo. Y no obstante, pensé, pobre y estúpido desgraciado, que ella podría quererme un poco, después de lo sucedido entre nosotros en aquella hora de locura, mientras las turbas vengativas bajaban a lincharme. Cuando conocí mi destino, les dejé vivir, y de buen grado. Pero ¿por qué he hecho esto ahora? Sólo puede depararme más dolor y rechazo, asco, desprecio y repugnancia. Es la carta, por supuesto. Oh, señora Giry, ¿qué debo pensar de ti ahora? Fuiste la única persona que me trató con bondad, la única que no escupió sobre mí o huyó aterrorizada ante la contemplación de mi cara. ¿Por qué esperaste tanto? ¿Debo agradecerte que en las horas postreras me hayas enviado la noticia que cambiará mi vida de nuevo, o culparte por ocultármelo durante los últimos doce años? Podría estar muerto, nunca me habría enterado. Pero no lo estoy, y ahora lo sé. Por eso asumo este riesgo demencial. Para traerla aquí, para verla otra vez, para sufrir otra vez, para pedir otra vez, para suplicar otra vez... ¿y nuevamente rechazado? Lo más probable. Y sin embargo y sin embargo... La tengo aquí, memorizada palabra por palabra.



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